Había una vez un hombre triste. Lloraba a menudo y no sabia por qué. Tenia depresión le dijeron, pero tampoco podía recordar haber estado de una manera distinta. En su vida siempre estuvo la risa, la risotada y las infaltables veces en que por el chiste más inocente no podía parar de reír. Aun así, este hombre triste se encontró en medio del Año Nuevo con los brazos caídos, miró alrededor en su habitación y vio cosas que parecían no pertenecerle, fotografías que no le recordaban emoción alguna, una guitarra reluciente que parecía no haber sido nunca tocada, libros y anotaciones apiladas y durmientes como una colección de letras y polvo. Se fijó en que su televisión con cajas de películas encima, con un cenicero humeando y con una vela encendida, parecía una altar de adoración. Se dijo a si mismo: “sigo viendo mucha televisión… de poco me sirvió no tener cable”. Sintió ganas de limpiar su departamento, aspirar bien el suelo, lavar el baño, lustrar cada mueble, ordenar cada cosa dándole un sentido estético y poético. Que se viera bonito y que significara algo. Era Año Nuevo, valía la pena, por último por superstición, hasta era lo correcto.
“Y qué saco con ordenar si mañana estará desordenado otra vez…. Sólo estoy cambiando de lugar el polvo…. tratando de desviar el río con mi propia mano…. Así de inútil y sin sentido, la naturaleza y Dios se deben estar riendo de mi.”
“Estoy sentado en medio del cementerio de mis sueños. Ninguno de estos amigos imaginarios son en realidad mi obra… solían ser instrumentos… instrumentos de creación, pero su tiempo ya no es, ya fue. Y mis sueños se han transformado en sueños imaginarios y lo peor es que yo mismo me he creído tal mentira.” “Di-s, me perdonarás haberme fallado a mi mismo? Haberme mentido tan astutamente y creído tan tontamente?”
Era Año Nuevo, podría despedirse de sus sueños, valía la pena, por último por superstición, hasta era lo correcto. Decirle adiós a sus sueños era despedirse de un amigo en el que hasta ahora confiaba, aquel amigo que creía aun en esos sueños, pero que no cumpliría, que no tenía ni el valor de transformarlos en una obra, ni la sabiduría para ayudar a los demás, lo llamó “egoísta”, “infantil”, “pobre y mediocre”, era la rabia de haber estado tanto tiempo durmiendo de más, confiado y seguro (inseguro), era la desilusión de ver cómo abusó de su propia confianza, de sí mismo. Era romper con lo más íntimo, con tus sueños, volver a la tierra y enfrentarte cara a cara con lo que evitaste mirar todo este año…
Y en eso estaba cuando comenzó la fiesta, de pronto hubo conversaciones en voz alta y risas, música y vino, amigos, amores, todos juntos, algunos presentes y otros no, todos riendo. Se dijeron promesas, hubo homenajes, se escuchó a varios pidiendo perdón a los presentes y a los que no. Escuchó dos consejos al pasar entre copas y otras hierbas y los quiso recordar para el año 2006: “…siempre encuentra una forma de tener buen ánimo…” y el otro no lo pudo recordar. Se prometió a si mismo visitar a sus seres queridos cada vez que estuviera contento y compartir su alegría con otros y sus penas, con su corazón.
FIN
“Y qué saco con ordenar si mañana estará desordenado otra vez…. Sólo estoy cambiando de lugar el polvo…. tratando de desviar el río con mi propia mano…. Así de inútil y sin sentido, la naturaleza y Dios se deben estar riendo de mi.”
“Estoy sentado en medio del cementerio de mis sueños. Ninguno de estos amigos imaginarios son en realidad mi obra… solían ser instrumentos… instrumentos de creación, pero su tiempo ya no es, ya fue. Y mis sueños se han transformado en sueños imaginarios y lo peor es que yo mismo me he creído tal mentira.” “Di-s, me perdonarás haberme fallado a mi mismo? Haberme mentido tan astutamente y creído tan tontamente?”
Era Año Nuevo, podría despedirse de sus sueños, valía la pena, por último por superstición, hasta era lo correcto. Decirle adiós a sus sueños era despedirse de un amigo en el que hasta ahora confiaba, aquel amigo que creía aun en esos sueños, pero que no cumpliría, que no tenía ni el valor de transformarlos en una obra, ni la sabiduría para ayudar a los demás, lo llamó “egoísta”, “infantil”, “pobre y mediocre”, era la rabia de haber estado tanto tiempo durmiendo de más, confiado y seguro (inseguro), era la desilusión de ver cómo abusó de su propia confianza, de sí mismo. Era romper con lo más íntimo, con tus sueños, volver a la tierra y enfrentarte cara a cara con lo que evitaste mirar todo este año…
Y en eso estaba cuando comenzó la fiesta, de pronto hubo conversaciones en voz alta y risas, música y vino, amigos, amores, todos juntos, algunos presentes y otros no, todos riendo. Se dijeron promesas, hubo homenajes, se escuchó a varios pidiendo perdón a los presentes y a los que no. Escuchó dos consejos al pasar entre copas y otras hierbas y los quiso recordar para el año 2006: “…siempre encuentra una forma de tener buen ánimo…” y el otro no lo pudo recordar. Se prometió a si mismo visitar a sus seres queridos cada vez que estuviera contento y compartir su alegría con otros y sus penas, con su corazón.
FIN
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